El examen, ¿es una medida justa y veraz de la capacidad del estudiante?

“No me siento bien conmigo misma al no recibir buenas calificaciones, porque me hace sentir incompetente e ignorante en ocasiones”, así se expresa María Teresa Cabral, estudiante de Psicología, al comentar cómo se siente cuando obtiene baja puntuación en un examen. Por su parte, Luis Enrique Espinal, estudiante de Comunicación Social, contestó: “no es mi culpa. El sistema está hecho para medirnos de esa manera, pero eso no determina mi capacidad sobre los demás”.

Dos opiniones opuestas, que evidencian pensamientos distintos, pero que resumen los dos criterios presentes en la comunidad estudiantil: la mayoría se siente inútil al no aprobar un examen en un entorno que promueve la competencia en vez de la colaboración, y la minoría entiende que la nota de una evaluación, que mide habilidades y contenidos específicos, no define su nivel de conocimientos. Este desbalance es el que predomina en el sistema educativo de República Dominicana, donde se le atribuye mayor grado de importancia a un examen (generalmente objetivo y estandarizado) para calificar a una diversidad de estudiantes con capacidades y talentos desiguales, olvidando aplicar otros métodos que estimulan su aprendizaje y mejoran la educación que reciben. En un mundo tan cambiante como el de hoy, existe una demanda de personas creativas, con libertad de expresión, que demuestren su individualidad sin temor y que piensen de manera crítica. Entonces, ¿el examen es una medida justa para evaluar a un estudiante, veraz de su capacidad y funcional para la construcción de conocimientos?

Es el final del ciclo en curso y han publicado las fechas de los exámenes finales. Muchos tendrán la dicha de terminar rápido, pues sus exámenes empiezan y terminan en la semana inmediatamente después del cierre de docencia. Otros, se verán forzados a durar dos semanas examinándose. Esta realidad es la menos significante. Independientemente de qué tan largo sea el período de exámenes, muchos estudiantes deben enfrentar exámenes acumulativos, con alto valor porcentual, al igual que exámenes de asignaturas que les dieron dificultad durante el período en cierre.

La angustia se apodera. Los estudiantes pueden predecir las repercusiones en sus índices académicos y las reacciones de sus padres quienes les exigen buenas calificaciones. Han sido criados creyendo que existe una relación directamente proporcional entre las buenas notas y la inteligencia. Por lo tanto, hay que sacar buenas notas. De la misma manera en que se cree que las buenas notas es equivalente a inteligencia, se cree que exámenes aprobados indican aprendizaje.

Carlos Magro, especialista en Estrategia Digital y Educación, afirma que los exámenes provocan que se limite el aprendizaje y se condicione al punto de determinar qué y cómo estudiar. Estas afirmaciones pueden verse en la entrevista que se le hizo en el 2015, cuando comentaba en La aventura del saber sobre las mejores formas de gestionar el cambio educativo. Carlos atestigua: “Hemos confundido aprender con aprobar exámenes. Hemos confundido evaluar –que es necesario- con hacer exámenes”.

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EVALUAR PARA APRENDER. /CARLOS MAGRO.

Mientras que, con su aclaración, Magro indica que la cultura educativa ha sesgado el proceso de aprendizaje con un problema que radica en la forma de evaluar, el profesor de la carrera de Arquitectura en la Pontificia Universidad Católica Madre y Maestra (PUCMM –CSTI), Harold Paz, considera que los exámenes hacen que los alumnos estudien, pues, si no se impartieran, ellos no le prestarían atención a la teoría ni al material dado. Una estrategia de inclusión, participación y motivación dirigida al estudiante dentro del aula sería una posible solución, de modo que el motor que lo impulse a estudiar no sea un examen, porque su causa primera para nutrirse de conocimientos sería, entonces, la obtención de una buena calificación, no la aplicación de los mismos, lo cual, a fin de cuentas, es lo más importante y el fin último de todo aprendizaje dentro de las instituciones académicas.

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20 paradojas de la evaluación del alumnado en la Universidad española./ Miguel Ángel Santos Guerra.

El estudiante sabe lo que sus padres quizás no entiendan, o no quieran entender, que es que el sistema pauta “prácticas de sobrevivencia”. Enormes cantidades de material a ser impartidas y examinadas dentro de lapsos que para muchos son muy limitados, fuerzan al estudiante a sobrevivir el proceso mediante la breve memorización del contenido, el cual terminan olvidando. Estas prácticas producen calificaciones que no son representativas ni veraces de su conocimiento, porque esta dinámica de estudio los condiciona. Malfa Alexandra Filpo, maestra de Ciencias  y estudiante de Educación, Biología y Química, asegura que el examen no evalúa ni notifica lo que se ha hecho en un proceso áulico, por lo que el mismo no es necesario para medir los conocimientos adquiridos por el estudiante durante el proceso de aprendizaje. Por eso, esta profesora asevera que los exámenes suelen ser “muy míseros”: solo miden una parte del proceso de aprendizaje, no lo hace en su totalidad. Asimismo lo corrobora Carlos Magro en la entrevista anterior: “Si medimos el aprendizaje por aprobar un examen, estamos haciendo mal las cosas”.

Emily Toribio es estudiante de término de Medicina de la PUCMM- CSTI y está consciente de esta situación. Se siente víctima de un sistema educativo que está diseñado con un método repetitivo y disfuncional que implementa una secuencia directa entre contenido – evaluaciones, clase y luego exámenes. Según cuenta Emily, es un sistema que tiene como consecuencia que un gran porcentaje de los estudiantes use como mecanismo de aprendizaje el retenimiento de la información para un fin específico y temporal y no para adquirir e interiorizar el conocimiento. En estas circunstancias, donde el estudiante se centra en almacenar el contenido que asignó el profesor, empieza la competencia para demostrar quiénes salen vencedores de este desafío. Así, los alumnos que libran la batalla de no romper la botella antes de vaciarla en el examen, son los más capaces, como se ha calificado hasta el momento. Carlos Magro afirma que: “El acto aprendizaje-enseñanza tiene como objetivo no sacar un título, no aprobar un examen, sino capacitarnos…, desarrollarnos como personas”. Es la paradoja que muchos estudiantes todavía no han podido descifrar.

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Una estudiante de Psicología (prefiere mantenerse anónima por razones de privacidad) ha intentado sobrevivir utilizando materiales de apoyo en algunos exámenes, lo que en República Dominicana se conoce como “chivo”, precisamente por no poder retener la información para llenar la prueba. Ella se siente deshonesta al incurrir en ese riesgo, pero dice que, a veces, es la única forma de aprobar con buenas puntuaciones y seguir adelante. Como dice el Decano de Estudiantes de la PUCMM, Lic. Eduardo Reynoso, el examen no sería el problema, sino las consecuencias que surgen a raíz de él.

En este caso, es preciso puntualizar que la memoria funciona, entre otros, mediante relaciones que el cerebro se encarga de construir y asociar. Así lo ratifica el profesor de la PUCMM, el Lic. en Educación, Carlos Guerrero, quien también es psicopedagogo y orientador educacional y familiar. De tal manera que, por ejemplo, aprenderse una fórmula sin entenderla o unos conceptos para olvidar a las pocas horas, no tiene sentido. Ahora bien, sí es válido aprender a usar la memoria para relacionar conceptos y aplicaciones o ejercicios, que serán útiles para toda la vida. Para dichos fines hay que involucrar los 5 sentidos. Por eso, cuando la memoria se combina con la experiencia, el aprendizaje permanece a largo plazo. Pero “embotellarse” el contenido, solo ha de servir para aprobar una asignatura y no en todos los casos, pues no todos los estudiantes tienen la misma capacidad de acopio de la información.

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Luis Enrique Espinal ha analizado profundamente el tema por innumerables situaciones escolares, universitarias y laborales que se le han presentado. A sus 22 años ha madurado lo suficiente como para no menospreciar sus capacidades con relación a la de los demás o con respecto a los resultados de un examen. Está convencido de que la presión que deviene de retener una información específica durante un período determinado lo que ha provocado en el sistema educativo del país es la carencia de métodos para aplicar el conocimiento. Él se ha convertido en un autodidacta en lo que entiende que la universidad no abarca, como, por ejemplo, la profundización en la dirección cinematográfica, en el caso de su carrera y sus pasiones. Esa misma condición de autodidacta le ha permitido razonar que los temas memorizados por la imposición de una prueba pasan a ser información arropada por otra información que nunca encuentra su brecha en la praxis. Por experiencias propias, Luis Enrique ha concluido que existen personas que sí basan su práctica en los conocimientos memorizados, pero las mismas corren el riesgo de trabajar bajo la obsolescencia, debido al dinamismo de la información de hoy en día.

Muchos maestros se preguntan cómo califico a mis estudiantes, cómo me aseguro de que dominan los temas, si no es por medio de un examen… El profesor Harold Paz se siente en una posición en la que considera una obligación poner una A, una B, una C, por el hecho de pertenecer a una academia que se lo exige, y él apunta que quizás no sea la forma más efectiva, pero que tiene el deber de medir a sus estudiantes. Según su criterio, la evaluación es información para el educador y está en lo cierto. La debilidad radica en el cómo: ¿De qué forma evalúan los profesores a sus alumnos?

La profesora Ramira Disla es formadora de formadores y especialista del área de Lengua Española y, según afirma, existe una lista de opciones que se pueden tomar en cuenta para medir el proceso de aprendizaje.

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Sabiendo esto, no es conveniente ni saludable para el crecimiento del alumno centrar toda o la mayoría de la atención y el valor calificativo en las pruebas estandarizadas y objetivas.

El estudiante dominicano, siendo este de primaria, secundaria o universitario, todavía espera que en su país se le brinde una educación más inclusiva, menos discriminatoria y menos limitada. Todavía espera el día en que no tenga que considerar escuelas extranjeras para afianzar sus estudios y encontrar mejores oportunidades. Desea hallar un espacio en el que pueda manifestar su capacidad de creación, en el que no se le exija tener las mismas habilidades que todos sus compañeros. Un ambiente donde se produzca construcción del conocimiento, más que la mera transmisión de información de forma casi mecánica. Anhela recibir una educación que le permita la relación y el contacto directo con el medio que lo rodea a través de la práctica y las experiencias de los conocimientos adquiridos en los salones de clase. Le gustaría un modelo educativo que le admita la corrección de sus errores. El estudiante dominicano ansía tener educadores más capacitados que lo trate de manera personalizada y le haga explotar su máximo potencial con disciplina, pero con libertad.

Lo que necesitamos son diseñadores del conocimiento que hagan de la información algo inteligente, que la conviertan en saber.

-Lucio Fontana-

 

Escrito por Juan Pérez y Lourdes Cabral

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